viernes, 2 de marzo de 2012

Los pobres se quedan con la herencia.


"Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos." (Mateo 5:3)

 

Esta historia trata acerca de un hombre muy rico que tenía dos hijos, el menor de ellos siendo joven pidió su parte de la herencia y se va a probar suerte. Malgastó la fortuna, y terminó cuidando cerdos y alimentándose de lo que ellos comían. Justo cuando sintió tocar fondo, vino a su memoria los buenos tiempos en casa de su padre, y como hasta los sirvientes vivían y la pasaban mejor que él. Por lo tanto, decidió regresar y pedir clemencia, ni siquiera aspiraba a regresar como “hijo”, con ser sirviente sería más que suficiente. Reconoció su ineptitud ante la vida, su impotencia, su insuficiencia. ¿Te suena familiar? Es la parábola del hijo pródigo. Al final de la historia el joven aprende el significado de la primera bienaventuranza que Jesús menciona en el famoso sermón de la montaña.

Bienaventurados los pobres en Espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. (San Mateo 5:3)” Cuando Jesús le dice a la multitud que aquellos que son pobres de espíritu deben sentirse felices  y muy dichosos, redefine el término. Los pobres en espíritu no exhiben su pobreza. Muchos creen que la pobreza de espíritu tiene que ver con una fe chiquitita, o con dar una imagen miserable, falsa humildad. Pero el significado divino no tiene nada que ver con eso. Ser pobre de espíritu es dejar el ego a un lado. En su primera carta Pedro dice: “Humíllense, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él los exalte en Su tiempo”. (1ªPedro 5:6).
La pobreza de espíritu radica en SOLO confiar en Dios. Es reconocer nuestra insuficiencia, sentirnos incompletos. Ser “ineptos” para vivir si Dios no está de nuestro lado. Él nos ha dado la bendición de vivir, pero si no fuera por eso no podríamos hacerlo. San Juan 10:10 dice que “el ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia.” Solamente a través de Jesús tenemos mucha vida.  Has escuchado que “siempre hay alguien en peores condiciones que tu”, frase común para dar ánimo y alentar. Sin embargo Jesús cambia el sentido y nos reta a sentirnos inferiores a Dios y a los demás. Reconocer que solamente en Dios está la raíz de la vida.

Después de todo lo escrito, ¿conoces a alguien pobre de espíritu? Porque suena bastante difícil adoptar esta actitud en la vida diaria. Sin embargo la Biblia relata dos ejemplos, la primera es la parábola del Hijo pródigo (Lucas 15:11-32), mencionada al inicio. El joven dejó su ego  y reconoció que era nada sin su padre, Dios espera que reaccionemos de la misma forma. Espera que dejemos la vida loca que solemos llevar y nos enfoquemos solo en Él, vale la pena reconocerlo a tiempo y no cuando estemos comiendo junto a los cerdos.

La segunda historia es la parábola del fariseo y el publicano, dos hombres dedicados a la política y reglas sociales del tiempo de Jesús (Lucas 18:11-14). El fariseo, de pie oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano. Mas el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, apiádate de mi, pecador. El ejemplo es bastante claro, el fariseo presumido no se le escapaba ni un solo elogio para él mismo, pero su altivez de espíritu fue justo lo que Dios reprobó de él. En cambio, el publicano reconocía que no era digno de nada, que era pecador, y con actitud sencilla pidió ayuda a Dios.

Reconozcamos que somos pecadores, no hay que olvidar que no hay pecados grandes ni chiquitos, todos fallamos constantemente. Pablo en su carta a los Romanos 3:22-23 nos recuerda que “Porque no hay diferencia, por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios.” Leí algo muy interesante: De lo necesario, lo imprescindible, de lo imprescindible lo verdaderamente necesario. Ser pobre de espíritu es buscar aquello que realmente es indispensablemente necesario en nuestra vida, es decir, Dios. Dios debe ser el enfoque principal en nuestra vida.

Heredar el reino de los cielos me suena a que recibiremos la “lotería del cielo”. Cuando Jesús nos dice en el sermón de la montaña  que si somos pobres de espíritu heredaremos el cielo, se refiere a tres regalos buenísimos. El primero es el perdón de pecados. El perdón llega cuando estamos realmente arrepentidos, es decir, dispuestos a no reincidir en aquello que sabemos es incorrecto y nada provechoso. En segundo lugar, la herencia se vive en el compañerismo, tener pobreza de espíritu nos une a otros, nos da la oportunidad de ser excelentes compañeros de vida y buscar semejantes. Y el último regalo al heredar el cielo es el don de la vida. En el evangelio según San Juan 5:24, Jesús dijo: “El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida.” Solo en Jesús tenemos vida, cuando decidimos recibirla.

La pobreza de espíritu debe ser la base de la vida de cualquiera que dice creer en Dios. Es la base del cristianismo. La famosa ley de oro: “amarás al Señor tu Dios y a tu prójimo como a ti mismo”, tiene su fundamento en esta bienaventuranza. Amar al prójimo resulta complicadísimo, amar a quien te ha traicionado, a quien ha mentido, a quien ha lastimado o mostrado indiferencia, resulta casi imposible; sin embargo Jesús nos dice que en eso se resume creer en Él. Solamente siento pobres de espíritu, dejando a un lado el egoísmo, entonces nos será menos complicado amar a los que nos rodean. Jesús es el ejemplo perfecto, la carta de Pablo a los filipenses 2:5-8 lo resume: “Tengan ustedes este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres;  y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.” Jesús era Dios cuando vino a la tierra, estaba en el cielo, lleno de gloria, majestuosidad, en el lugar perfecto… pero aun así, decidió humillarse y hacerse hombre para salvarnos. ¿Crees en Jesús? Entonces sigue su ejemplo, si Él lo hizo no tenemos excusas para no hacerlo.

No somos dueños de nosotros mismos, somos de Dios. Y Dios mismo, a través de Jesús, decidió ser pobre de espíritu y venir a la tierra a salvarnos, cuanto más nosotros. Has una pausa en tu vida y reconoce que sin Dios, solo serás un inepto más, sólo en Él encontrarás la fórmula para el verdadero éxito.

¡Cambio y fuera!

martes, 14 de febrero de 2012

¿Bienaventurados? - ¿Qué qué Dijo?

“Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación.Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad.Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios.Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo.” Evangelio según San Mateo capítulo 5.

Las bienaventuranzas son, sin duda, una de las porciones más conocidas de la Biblia, las hemos escuchado, pero no siempre entendido. ¿Bienaventurado?, ¿qué es eso? … Pongamos la pregunta un poco más sencilla, ¿eres feliz? La mayoría manifestaremos la respuesta conforme a las circunstancias.. Sin embargo a la siguiente pregunta la mayoría, si no es que todos, contestaríamos un fuerte y firme SÍ, ¿quieres ser feliz? Como seres humanos dedicamos nuestra vida entera a encontrar la felicidad. Todo lo que hacemos es buscando encontrar un final feliz. ¿Qué te hace feliz? La felicidad es bastante relativa, a algunos les hace feliz tener seguridad económica, una familia numerosa, un estilo de vida cómodo, el deporte, apreciar las representaciones artísticas, contemplar la naturaleza.. en fin, ¿qué te hace feliz? Desde disfrutar un buena rica y comida, hasta comprar una mansión, las respuestas son infinitas. Sin embargo todas tendrán un común denominador: son “cosas”, “momentos”, “decisiones”, “posesiones” 100% humanas o carnales. La palabra “carnal” suena muy religiosa y condenatoria; pero en esta ocasión tiene que ver con el hecho de que todo lo que buscamos para ser felices es humano. Buscamos aquello que nos produzca un placer inmediato o lo más pronto posible.

En el Libro de Salmos 128:1-2 dice: “Bienaventurado todo aquel que teme a Jehová,Que anda en sus caminos.Cuando comieres el trabajo de tus manos,Bienaventurado serás, y te irá bien.” Bienaventurado significa felicidad, fortuna o contentamiento. Dios da un significado muy profundo a ficha felicidad o fortuna. El salmista reconoce que es “bienaventurado, feliz o dichoso” todo lo que busca a Dios y procura andar en Sus caminos; y en el versículo 2 dice algo interesante: “bienaventurados serás y te irá bien”. El primer principio sobre la bienaventuranza es separar la felicidad del éxito. El salmista dice que seremos dichos y felices si andamos en los caminos de Dios, y además nos puede ir bien, pero el éxito no es parte de la definición de la bienaventuranza, es una consecuencia.

Ser bienaventurado es una actitud que nos lleva a un estado de felicidad. No significa un momento de felicidad, un momento de éxito; es la actitud que tenemos en la vida diaria y que nos llevará a la felicidad perfecta y eterna. El concepto de felicidad desde el punto de vista del ser humano es injusta, ya que está basada en bienes materiales a los que no todos pueden tener acceso. Si definiéramos la felicidad (o bienaventuranza) como el estado donde nuestras necesidades han sido satisfechas por completo, entonces millones no podríamos ni siquiera aspirar a sentirnos bienaventurados algún día. Sin embargo Dios es perfecto y ofrece ser felices, sin importar lo que tenemos o lo que no tenemos. La felicidad divina está al alcance de cualquier ser humano.

Pero, por qué será que buscamos la felicidad en los bienes de esta tierra. En primer lugar, porque somos 100% humanos. “Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu. Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz. Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden; y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios. Pero ustedes no vivan según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en nosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él.” El apóstol Pablo le dice a los Romanos en el capítulo 8 de su carta, versículos del 5 al 9, la cruda verdad del ser humano: somos humanos y no podemos pensar en cosas que no sean humanas como nosotros. Ese es el principal problema, pensamos solo lo que nuestra limitada mente nos permite. La clave está en conocer a Dios y aprender su modo de pensar, para entonces vivir así. Vivir según Dios nos brinda una visión mucho más amplia del panorama. Cuando somos pequeñitos nuestro mundo es del mismo tamaño, a los 3 años las únicas personas que existen en nuestro mundo son nuestros padres, algunos familiares y uno que otro amiguito; sin embargo no tenemos conciencia de los millones que también habitamos el mundo; para nada nos preocupa la hambruna mundial, la violencia  o el calentamiento global, porque no lo conocemos. Al crecer y conocer el “mundo” entonces somos capaces de cambiar nuestra visión. Pero dicha visión sigue siendo limitada comparada a la que Dios nos da.

La segunda razón por la que buscamos la felicidad en esta tierra, es porque estamos “ciegos”, y nos urge aprender de Jesús.  El apóstol Pablo en Efesios 4:21-24 le dice a la Iglesia de Éfeso:  En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos,  y renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad.” Imagina por un momento la peor versión de ti mismo, ¿cómo serías? Tal vez súper controlador, chantajista, muy mentiroso, extremadamente despiadado con los demás, nada amable, muy violento, extremadamente chismoso… ¿cuál es tu peor versión? Todos tenemos una, a lo largo de la vida buscamos que no salga muy a menudo, pero siempre termina por traicionarnos. Lo que Pablo nos quiere decir es que debemos dejar esa –peor versión de nosotros mismos- para adoptar el estilo de vida de Jesús. La –peor versión de nosotros- está viciada en lo único que conoce: el mundo actual. Renovemos muestra mente y adoptemos o vistámonos con la nueva versión, la mejor versión de ti mismo; la cual sólo podremos encontrar en Cristo.  Solo Dios nos da visión y nos quita esa ceguera.

Y la tercera razón para buscar la felicidad terrenal es porque ignoramos el Reino de Dios. La verdad es que no tenemos idea de qué más hay en el “mundo”, solo estamos enfocados en nosotros mismos. La vida no dura 10, 25 o 75 años, la vida es eterna. Fuimos creados para la eternidad, no solo para vivir hoy. El Salmista en el capítulo 39 y versículo 4 le dice a Dios: “Hazme saber, Dios, mi fin,Y cuánta sea la medida de mis días;Sepa yo cuán frágil soy.” Está reconociendo que la vida es corta y le pide a Dios, “dime cuánto tiempo me queda”. ¿Qué harías si supieras que te queda solo un año de vida? Te garantizo que harías una lista con todo aquello que siempre has querido hacer, pero no has tenido tiempo. Seguramente “aprovecharíamos” cada segundo. Pero se nos olvida que esa debe ser nuestra realidad, somos temporales en la tierra. No existe algo en la tierra que pueda convertirnos en bienaventurados completamente, nuestro corazón y vida fueron diseñados para buscar algo más alto. Es por eso que debemos buscar la felicidad divina que es igual a la felicidad eterna.

Dios nos creó para vivir en la eternidad con Él, nos puso en esta tierra para aprender a conocerlo, amarlo y parecernos más a nuestro creador; pero hay algo más, esto no es todo lo que existe. En su carta a la Iglesia de Filipo (Filipenses 3:20), Pablo dice, “Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo”. Somos hijos de Dios, no somos hijos de este mundo. Me encanta lo que dice Pablo “nuestra ciudadanía está en el cielo”. Si alguna vez has tenido la oportunidad de viajar a otra ciudad diferente a tu tierra, coincidirás conmigo en que siempre buscamos –resaltar- lo representativo de nuestro lugar de origen, ya sea el acento al hablar, la forma de vestir, algún baile típico, procurar la comida que nos recuerde a nuestra tierra. Lo mismo pasa con Dios, somos de Dios, no somos de este mundo, debemos recordar que la eternidad con Dios nos espera. Vive como extranjero, resalta y que todo el mundo se de cuenta que no pertenecemos aquí, pertenecemos a Dios. Decidir entender esta verdad nos hará dejar de preocuparnos por tener “todo” lo que este mundo te dice que debes tener. El apóstol Pedro nos dice en 1 Pedro 2:11: Amados, yo les ruego como a extranjeros y peregrinos, que se abstengan de los deseos carnales que batallan contra el alma.” Nos recuerda que somos extranjeros, estamos de paso y hay un destino mejor al que debemos llegar, por lo tanto busquemos abstenernos de todo aquello que pueda arruinar nuestro destino final. Vive tu vida para la eternidad.

Jesús nos invita a ser sus discípulos, es decir, a adoptar su estilo de vida; nos enseña las bienaventuranzas para adoptarlas como características diarias. Sin embargo parte de entenderlas es comprender que la felicidad que tendremos es eterna, empieza cuando decidimos adoptarlo en nuestra vida y terminan en la eternidad. Es por eso que en muchas ocasiones sentimos que aquello que Dios nos ha prometido no se cumple, pensamos que Dios se está tardando; pero no es así, lo cumplirá, solo que sus tiempos son diferentes a los nuestros. Esta vida es solo un abrir y cerrar de ojos comparado con la eternidad, es como cuando estás en el cine y cierras los ojos un momento y sin darte cuenta te dormiste 10 o hasta 30 minutos dela película; la verdad es que no te das cuenta y piensas que fueron segundos… Así es la vida, son segundos comparados con la eternidad. Entonces decidamos vivir para la eternidad, dándole importancia a aquello que será parte de TODA nuestra vida y no sólo de un momento. El autor C.S. Lewis dijo: “Todo lo que no sea eterno, es eternamente inútil”.  Cuánta importancia le damos a cosas tan inútiles en nuestra vida, dejémonos de tonterías y busquemos lo eterno.

Santiago 1:4, nos motiva a buscar a Dios y nos garantiza la eterna felicidad: Hermanos míos, estén felices (dichosos) cuando estén en medio de diversas pruebas, pues la prueba de su fe les dará constancia. Y la constancia llevará a feliz termino la obra, para que sean perfectos e íntegros y no les falte nada.” Está hablando de ser bienaventurados cuando estemos enbroncadísimos, tener esa actitud dichosa, sabiendo que no es el fin del mundo y Dios sigue teniendo el control. Cuando Dios prueba nuestra fe entonces nos volveremos constantes en buscarlo y aprender de Él, es ahí cuando nuestra vida se verá recomenzada con la felicidad y dice que seremos perfectos e íntegros y nada nos va a faltar. ¿Te imaginas que puedas decir que nada te falta? Hasta parece imposible, pero la Palabra de Dios lo dice, seremos perfectos.

Adoptemos el estilo de vida de Jesús, dondequiera que estemos debe notarse que no somos terrestres, somos divinos. Nuestro andar diario debe verse reflejado por la mejor versión de nosotros mismos, solo en Dios encontraremos la felicidad y plenitud que tanto buscamos. Fuimos creados para ser bienaventurados y eternos. La tierra no lo es todo, es más, es casi nada; Dios si es todo.

¡Cambio y fuera!

viernes, 10 de febrero de 2012

Ponte el Nuevo Perfume

Jesús estaba a punto de empezar una de las exposiciones más famosas que tuvo mientras estuvo sobre la tierra, el sermón del monte. Jesús decidió que 12 hombres “cualquiera” se convertirían en sus discípulos, les iba a enseñar sobre las verdades de Dios, para que a su vez ellos las compartieran a todo el mundo. No había alguna característica especial en ellos, eran comunes y corrientes (recuerden que Dios usa gente ordinaria para hacer cosas extraordinarias), sin embargo al convivir con Jesús, su estilo de pensar y de vivir cambiaría para siempre. Así que justo cuando estaba a punto de empezar a enseñarles solamente a estos 12 sobre las bienaventuranzas, se da cuenta que hay cientos de personas queriéndolo escucharlo. Al verlos, sintió compasión por ellos y decide dirigir su sermón a toda la multitud.

Las bienaventuranzas que Jesús estaba a punto de enseñar, en primer lugar son las claves para convertirnos en verdaderos discípulos de Él. Un discípulo es aquel que imita una conducta y la adopta como propia. Jesús demostró que la primera característica del discípulo es la compasión. En el evangelio según San Mateo 8:36 reconoce que al ver a las multitudes Jesús tenía mucha compasión porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor. No significa que les tenía lástima o le daba “cosita” verlos tan perdidos. Reconocía que tenían una necesidad enorme de cambiar su vida y buscó ayudarlos. Jesús se percató de lo que la gente ocultaba, estaba alerta a las necesidades y buscó satisfacerlas, aun cuando la multitud no le gritó “oye Jesús, estamos desesperados”, solo con verlos lo supo. Sin Dios todos estamos desamparados, no tenemos esperanza y somos como los borreguitos, perdidos en nuestro propio mundo sin saber a dónde ir. Como discípulos de Jesús debemos buscar ayudar a los demás, estar alertas de sus necesidades y apoyarlos. Compartir la compasión que Dios ha tenido con nosotros mismos es la respuesta a la falta de esperanza que tiene el ser humano. El apóstol Pablo lo dice en Timoteo 2:2 Lo que has oído de mí ante muchos testigos, esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros.” Debemos hablar a otros y ellos a otros a su vez.

Las bienaventuranzas, en segundo lugar, son aplicables en todo lugar. De hecho Dios espera que formen parte de nuestro estilo de vida y no importa dónde nos encontremos, siempre busquemos oportunidades para ponerlas en práctica y decirle a otros sobre ellas. Desarrollemos la compasión como parte de nuestra vida.

Y en tercer lugar debemos aprender a enseñarlas a otros. Que injusto es saber la solución a la vida y no compartirla. Por eso es tan importante buscar convivir con un grupo pequeño de personas que busquen a Dios y que quieran cambiar su estilo de vida. Ir los domingos a la iglesia es excelente, aprendes del sermón y puedes aplicarlo a tu vida. Pero vemos que Jesús daba más que sermones semanales, el vivía con sus discípulos. Estaba con ellos en todo tipo de circunstancia, comían, trabajaban,  se relajaban juntos... convivía con su grupo pequeño. Era ahí donde conocía lo que en verdad pasaban entre ellos y podía enseñarlos poco a poco. Lo mismo espera Dios de nosotros. Busca un grupo pequeño de personas que quieran aprender y vivir con Dios. Esto fortalecerá tu fe, podrás tener un entrenamiento intensivo de cómo mejorar tu estilo de vida. Dios nos da la oportunidad de conocerlo porque quiere que seamos sus discípulos. Resumamos esto de manera sencilla:

¿Qué es un discípulo? Es un seguidor de Jesús.
¿Quiénes son? Todos los que decidan creer en Él.
¿Por qué somos discípulos? Para parecernos más a Él y extender su amor a otros.
¿Para qué somos discípulos? Para que otros conozcan.
¿Cómo somos discípulos? Siguiendo su estilo de vida.



Jesús lo expresa con claridad en el evangelio según San Mateo16:24-27Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz, y sígame. Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará. Porque ¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?” Negarnos a nosotros mismos es simple, dejemos de creer que somos el centro del universo, porque no es así. Somos de Dios, no somos de nosotros mismos; somos de Dios y para Dios. Negarnos a nosotros mismos es dejar a un lado lo que queremos para entonces buscar qué quiere Él. Te garantizo que Él es mucho más inteligente y escoge mejores cosas de las que nosotros pudiésemos escoger por nosotros mismos. Estar con Dios, significa como dice 1Juan 2:6, andar como Él anduvo. Busquemos tener congruencia en nuestro pensamiento y nuestros actos, pensemos y vivamos con Dios, nos conviene. Es como si todas las mañanas decidieras ponerte un perfume que diga “Estilo de vida de Jesús”, y a donde quiera que vayas huelas a Él, que sea notorio para los demás que eres un discípulo de Jesús y entonces impregnes a otros con ese aroma.
Rico es oler a Dios.  

¡Cambio y fuera!

martes, 7 de febrero de 2012

Vanidad de vanidades, todo es vanidad.

“Vanidad de vanidades, todo es vanidad” (Eclesiastés 12:8)


Sabías que la vanidad no es considerado uno de los pecados capitales, por la Iglesia Católica, pero se dice que deriva del orgullo. Sin embargo hoy en día la maldad del ser humano recae en la vanidad. La vanidad va más allá del número de camisas que tengas o la cantidad de veces que te ves en el espejo. La vanidad está arraigada al corazón del ser humano hoy en día, es decidir ser lo más importante y hacer girar la vida entera en torno a ello. Bien dijo el poeta, “vanidad de vanidades, todo es vanidad”.

El poeta dice en Eclesiastés 11:8-11:Pero aunque un hombre viva muchos años, y en todos ellos tenga gozo, acuérdese sin embargo que los días de las tinieblas serán muchos. Todo cuanto viene es vanidad. Alégrate, joven, en tu juventud, y tome placer tu corazón en los días de tu adolescencia; y anda en los caminos de tu corazón y en la vista de tus ojos; pero sabe, que sobre todas estas cosas te juzgará Dios. Quita, pues, de tu corazón el enojo, y aparta de tu carne el mal; porque la adolescencia y la juventud son vanidad.

La vanidad significa que como seres humanos que declaramos no necesitar a Dios, ya sea con nuestros actos o nuestras palabras. No importa cuántos años vivamos y todo lo que logremos, si no buscamos a Dios como lo más importante en nuestra vida, entonces TODO cuanto hayamos hecho o logrado, se convierte en vanidad. Es considerado muy a menudo como el «vicio maestro». Todo aquello que solo muestra poder, riqueza, soberbia y que carece de auténtico valor humano. El papa Gregorio dijo que es el principio de todos los pecados.

El poeta hace un recomendación muy interesante en el párrafo anterior de Eclesiastés, nos recuerda que TODO es vanidad, es decir, no vale la pena pues solo alimenta el ego. Nos recomienda vivir alegres y tomar placer de nuestra juventud, pero a la par nos reta a quitar nuestros ojos de la vanidad. Acaso es incongruente su comentario. Se vuelve confuso cuando no entendemos que podemos ser alegres y felices dejando a un lado todo aquello que es vano e inútil.


Leí algo interesante, muchos jóvenes prefieren darle su juventud al diablo y su vejez a Dios. Sin embargo esa decisión solo nos provoca placer por un periodo muy corto. No le des la juventud al diablo y la vejez a Dios. Dale a Dios tu juventud y también la vejez. Si le damos a Dios nuestra vejez solo esperamos consuelo por nuestros errores, si le damos nuestra juventud Él nos da visión para vivir bien.

¿Vale la pena decidir darle nuestra juventud a Dios? Parece anticuado, sin embargo Dios ha hecho todo por nosotros. Nos amo a pesar de nuestros errores, a pesar de todo lo que constantemente hacemos traicionando su confianza. Nos ha dado a su Hijo que significa una nueva oportunidad de vivir en armonía con Dios, significa perdón, no más culpa, esperanza. Nos ha dado su Palabra, vigente desde el principio de los tiempos hasta el final, nos recuerda sus promesas, aumenta nuestra fe y podemos leer acerca de su amor. Y nos ha dado la oportunidad de pertenecer a una iglesia, donde podemos convivir con otros que comparten la fe en Cristo; nos motivamos unos a otros a creer en Él aun más, a recordar que tiene un plan eterno para todos los que hemos creído.  Dios ya hizo lo suyo, sacrificó a Su Hijo nos dio perdón y tenemos una nueva vida, ahora nos toca a nosotros obedecer. No veremos un cambio real si no DECIDIMOS obedecer, oír el evangelio, creer en Cristo, arrepentirse, y confesar a Cristo y hacerlo parte de nuestra vida.

El apóstol Juan escribe en su primera carta capítulo 2 versículo 14, “les he escrito a ustedes, jóvenes, porque son fuertes, y la palabra de Dios permanece en ustedes, y han vencido al maligno” Dios está muy interesado en nosotros, ¡somos lo más preciado que tiene! Ni siquiera los ángeles, el cielo, el universo, la naturaleza, son más importantes que nosotros. Somos lo más importante para Él, y por eso quiere y busca que nos relacionemos con Él. La única manera de vencer aquello que nos genera culpa y vanidad, es permanecer en Dios.

El diccionario se refiere a la vanidad como algo inútil o una ilusión. Que triste es la vida sin sentido, inútil y que es solo una ilusión de algo que pudo ser bueno. Sin Dios así es la vida, como un sueño guajiro, como nubes en el cielo que en cualquier momento vuelan y se termina.  Este nuevo año decide tener una vida que valga la pena, no inútil. Dios espera que te relaciones con Él y busques darle significado a tu existencia. Ya basta de desperdicios, millones han echado su vida a la basura y se han dejado llevar por la amargura, tristeza y desesperanza, pero tú tienes la oportunidad de vivir diferente.

Relaciónate con Dios y ten un año nada vanidoso.

¡Cambio y fuera!

martes, 17 de enero de 2012

Manso no Menso

La capacidad para soportar reproches y ofender con moderación, y no embarcarse en venganzas rápidamente, y no ser provocado fácilmente a enojo, sino estar libre de amargura y de contención, teniendo tranquilidad y estabilidad en el espíritu.” Aristóteles, en la definición anterior, se refiere a la mansedumbre. Y es que ser manso no tiene nada que ver con ser menso. La mansedumbre se cita en la Biblia como una parte del fruto del Espíritu Santo en nuestra vida. Es una condición benigna, suave, apacible, sosegada, tranquila, el que no es bravo. También se relaciona con la humildad, virtud que consiste en el conocimiento de las propias limitaciones  debilidades  y obrar de acuerdo con este conocimiento. Se relaciona con la sumisión o rendimiento.

Hablar de humildad o mansedumbre en el mundo actual, donde el ser humano vive por y para sí mismo solamente, es complicado. Sin embargo cuando leemos la carta de Pablo a los Gálatas en el capítulo 5, acerca de la naturaleza del hombre, el odio, el rencor, la inmoralidad, los excesos, entre otros; el autor complementa que la clave está en tener el fruto que solo la presencia de Dios da en nuestra vida. Parte de este fruto es la humildad. La humildad de Dios se refiere a la virtud de la cual el hombre no se deja arrebatar fácilmente de la cólera con motivo de las faltas o el enojo de los demás. Es el equilibrio entre la impulsividad y la cobardía. No tiene nada que ver con la debilidad, pues es una cualidad fuerte por excelencia. Es la manera que reaccionamos ante las ofensas de los demás. ¿Eres de mecha corta? Entre más rápido es la capacidad de respuesta del mundo actual, la mecha se ha vuelto más corta. Cada vez nos enojamos más rápido, exigimos, reclamamos, explotamos y dejamos que la ira nos controle. La humildad o mansedumbre que Dios propone es aquella donde es válido enojarse por el motivo correcto, y contra las personas correctas, y de la manera correcta, y en el momento correcto, y por el tiempo correcto.

La mansedumbre es una prueba de fortaleza y no de debilidad. Jesús es el mejor ejemplo. En el evangelio según Juan 2:14-17 nos relata la historia de cuando Jesús, literalmente, se enfureció en el templo. Jesús llega y sorprende a mucha gente en plena vendimia, glotonería y borrachera afuera del templo, y claro que Jesús se enoja muchísimo y los corre a todos. No estaba en contra del comercio, la comida, la bebida o la convivencia, pero sí en contra del desenfreno y del uso incorrecto del templo. No fue nada menso, fue firme. En muchas ocasiones durante la lectura de los evangelios, vemos como Jesús reprendía fuertemente a los fariseos, les llamaba hipócritas. Sin embargo, nunca veremos que explote o salga de sus cabales.

Moisés, en el antiguo testamento, también demuestra su mansedumbre, se enoja cuando es necesario. El libro de Éxodo 32:19-20 relata “Y aconteció que cuando él llegó al campamento, y vio el becerro y las danzas, ardió la ira de Moisés, y arrojó las tablas de sus manos, y las quebró al pie del monte. Y tomó el becerro que habían hecho, y lo quemó en el fuego, y lo molió hasta reducirlo a polvo, que esparció sobre las aguas, y lo dio a beber a los hijos de Israel.” Moisés había estado en la presencia de Dios recibiendo los 10 mandamientos, dejó al pueblo encargado con Josué. Y al pobre de Josué se le hizo fácil hacerle caso a las necedades del pueblo, quienes le pidieron una estatua con forma de becerro de oro a quien adorar, porque “de plano” no veían claro que Moisés regresara. Era un motivo muy fuerte para que Moisés al ver esto se molestara. Sin embargo él mismo tiene una opinión humilde de sí mismo y buscar ayudar al pueblo a conseguir el perdón de Dios. En aquel tiempo no podían solo hincarse y pedir perdón, era necesario un protocolo mayor. Así que en los versículos del 30 al 32 del mismo capítulo, vemos relatada la reacción de Moisés: “Y aconteció que al día siguiente dijo Moisés al pueblo: Ustedes han cometido un gran pecado, pero yo subiré ahora a Dios; quizá le aplacaré acerca de vuestro pecado. Entonces volvió Moisés a Dios, y dijo: Te ruego, pues este pueblo ha cometido un gran pecado, porque se hicieron dioses de oro, que perdones ahora su pecado, y si no, quítame ahora de tu libro que has escrito.” Moisés estaba dispuesto a que Dios lo  castigara a él, con tal de que perdonara al pueblo. Era manso, no menso. Se enojaba por los motivos adecuados, pero permanecía humilde delante de Dios.

El autor William Barclay menciona lo siguiente, “La mansedumbre/humildad, entonces, es esa cualidad virtuosa por la que tratamos a todos los hombres con cortesía perfecta, que podemos reprender sin rencor, que podemos discutir sin intolerancia, que podemos enfrentar la verdad sin resentimiento, que podemos estar enojados y sin pecar, que podemos ser gentiles y sin embargo no ser débiles.”

Como seguidores de Jesús, particularmente vivimos para recibir la Palabra de Dios con mansedumbre, según la carta de Santiago 1:21 “Por lo cual, desechando toda inmundicia y abundancia de malicia, recibamos con mansedumbre la palabra implantada, la cual puede salvar vuestras almas. ” Seamos humildes al escuchar lo que Dios nos tiene que decir, no lo sabemos todo, y con el conocimiento que tenemos con frecuencia la regamos. Pablo en su carta a los Gálatas 6:1 nos recuerda que “Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, ustedes que son espirituales, restáurenle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado. ” Si te das cuenta que alguien está pecando, Pablo nos motiva a decirle con MANSEDURMBRE, es decir, siempre humildes, no vaya siendo que caigamos igual o peor. Dice Santiago 3:13 que si alguno de nosotros quiere mostrarse sabio o inteligente, la forma correcto de demostrarlo es a través de las buenas obras con mansedumbre y humildad.
Vivir la vida con éxito requiere caminar con la ayuda del Espíritu Santo.  Buscando ser gentil en las pruebas, no débil o cobarde, es la humildad en conjunto con el dominio propio, lo que nos ayuda a tener éxito y vivir plenamente. El reto es ser siempre manso, nunca menso.

Cambio y Fuera!

lunes, 16 de enero de 2012

Autocontrol

Dices creer en Dios y ser religioso, pero no controlas tus palabras, tu propia lengua; entonces eres un hipócrita. (Santiago 1:26). El ser humano ha desarrollado muchas capacidades y ha logrado dominar el mundo entero, sin embargo carecemos de dominio propio, no somos capaces de templarnos a nosotros mismos. El dominio propio es la virtud más cotizada hoy en día. Ser templado o tener dominio propio significa ser moderado, sobrio, contenerse. “Donde subsiste esta virtud, la tentación puede tener poca influencia.” (Macknigth). En conclusión es la virtud que surge de la autodisciplina.

La templanza o dominio propio debe ser añadido al conocimiento, es decir, primero leemos y aprendemos, pero inmediatamente lo debemos poner en práctica.
El rey Salomón dice en Proverbios 16:32 que es más fácil capturar una ciudad que dominar nuestro espíritu. En el 25:28 dice que como ciudad derribada y sin protecciones es el hombre cuyo espíritu no tiene rienda. El apóstol  Santiago escribe que el primer y más difícil paso es dominar nuestra propia lengua. En los primeros capítulos hace una comparación bastante interesante, de cómo puede ser más fácil controlar el incendio de un bosque, que la lengua de un ser humano. Somos capaces de domar bestias muy salvajes, pero se nos complica quedarnos callados, de la misma boca donde salen bendiciones salen maldiciones y palabras de muerte. ¿Cómo puede ser esto?

Solamente en Jesús obtendremos la fortaleza que necesitamos para desarrollar dominio propio. En la carta a los Romanos 7:14-25, el apóstol Pablo nos menciona ideas difíciles de aceptar, sin embargo al entenderlas seremos capaces de mejorar nuestra vida. Porque sabemos que la ley es espiritual; mas yo soy carnal, vendido al pecado. Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago. Y si lo que no quiero, esto hago, apruebo que la ley es buena. De manera que ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que mora en mí. Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí. Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí. Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado.

Seguramente te ha pasado que haces lo opuesto a lo que realmente quieres, ¿cierto?, Pablo lo relata, nos dice que no somos capaces de hacer lo que deseamos, aunque tengamos toda la disposición de hacerlo. Segundo punto, vivimos cautivos del pecado. Lo que nos lleva al tercer punto, estamos desesperados y la ÚNICA respuesta es Jesús.  Mismo Pablo nos relata en su carta a los Gálatas 5:17 lo difícil que es vivir esta vida, y como es una batalla constante, pues nuestra naturaleza nos lleva al desenfreno, sin embargo solo Jesús nos da esperanza.

Siendo Dios a través de Jesús la única respuesta, solamente nos queda tomar nuestra responsabilidad. Debemos creer en Su palabra, como dice la carta a Filipenses, “todo lo puedes en Cristo que te fortalece”. Y con esa fe, continuar con el proceso. Pedirle a Dios que sea Él quien actúe en nosotros. El libro a los Colosenses nos reta a  matar nuestras características terrenales. Revestirnos de Cristo y crecer diariamente. Trabajar como si todo dependiera de nosotros. Sin embargo no estamos solos, tenemos a Dios de nuestro lado.

Todos necesitamos desarrollar dominio propio. La manera en que pensamos, lo que comemos, hablamos, cómo administramos el dinero, el uso que le damos a nuestro tiempo, en nuestras actitudes diarias, para buscar a Dios, para vencer la lentitud y la pereza, para servir a Dios, en los deseos sexuales, en todo.

¿Qué tanto controlas tu sexualidad? O será que como la mayoría hoy en día… Dejas que tu sexualidad te controle. La primera carta de Pablo a los Corintios capítulo 10 versículo 23 dice: “todo me es lícito, pero no todo me conviene, todo me es lícito, pero no me dejaré dominar”. Aunque no lo creas, Dios no prohíbe, en Él tenemos un estilo de vida que nos lleva a la eternidad. Que se pueda hacer, que los “astros” se acomoden para que lo puedas hacer, o lo que es peor, que lo sepas hacer; no significa que es lo correcto y lo más conveniente. En el capítulo 6 de la primera carta a los Corintios nos hace reflexionar de manera interesante diciendo, “huyan de toda inmoralidad sexual, ¿Acaso no saben que son templo del Espíritu Santo?, es decir, no son  de ustedes, son de Dios.” No somos dueños de nuestro cuerpo, solo Dios es dueño. Actualmente menos del 30% de las mujeres llega virgen al matrimonio, ¿qué porcentaje de hombres? Solo en Dios puedes tener dominio de ti mismo y de tus hormonas. ¿Has escuchado esas frases sobre “experimentar”, “dejar ser”, etc.? La Biblia, la palabra de Dios, tiene como objetivo que logremos el éxito en todo sentido, y busca que evitemos la mayor cantidad de errores. Sin embargo es nuestra decisión.

Al buscar hacer la voluntad de Dios, el dominio propio será una consecuencia. Es necesario ser constantes y perseverantes para lograrlo.  La mejor analogía es sobre las palmeras, estas se doblegan con los fuertes vientos y tormentas en las playas, sin embargo nunca se rompen; a pesar de que se doblen casi 90º grados, jamás se rompen. Recuerda que puedes resbalar, pero nunca caer.

Cambio y Fuera!

martes, 6 de diciembre de 2011

¿Que tan bueno eres?

¿Cuánta gente buena conoces? Todos nos hemos referido alguna vez a cierta persona que consideramos “buena” y solemos decir que “a la gente buena, cosas buenas le pasan” y otros dichos. Sin embargo Dios redefine la bondad. En el evangelio según San Lucas 18:19 Jesús nos dice que ni siquiera a él le llamemos bueno, ninguno hay bueno, sino sólo Dios.

Para la mayoría, bueno significa tener una inclinación natural a hacer el bien, hacer alguna acción buena, tener blandura y apacibilidad de genio. Pero la Biblia convierte esta palabra en un llamado mucho más exigente. Para Dios la bondad tiene que ver con ser útil, con la excelencia, se refiere a la rectitud de corazón, es una actitud de ayuda hacia los demás.

En la entrada anterior del blog, hablábamos sobre benignidad que tiene que ver con ese sentir interior de hacer el bien, producido por el Espíritu Santo. En cambio, la bondad es la manifestación exterior de la benignidad que ya ha sido producida en nuestro corazón por el Espíritu Santo. Benignidad es una disposición hacia otros que se traduce en acciones suaves y la bondad es una actividad “bondadosa” a favor de ellos, que de acuerdo al caso, pueden ser acciones drásticas. Se dice que en un mundo tan corrupto y destruido como en el que vivimos hoy en día, se necesita con urgencia gente “buena”. Sin embargo la bondad nace de un corazón generoso que está dispuesto a dar sin recibir. Es alguien que se ha olvidado de sí mismo para servir a los demás. Piensa en las necesidades de los demás, todo lo contrario al egocentrismo que reina la mente y el cuerpo del ser humano actual. Bondad viene de un corazón que se caracteriza por ser dadivoso, bueno, puro, recto, correcto y honorable.

Ayudar a los demás, de acuerdo a lo que describe la Biblia, se refiere a la ayuda que carece de hipocresía, vanagloria, no hay intereses de por medio. Tiene que ver con apoyarnos los unos a los otros en oración. Amonestar a los demás cuando vemos que el pecado es evidente en su vida, es una cualidad firme, no necesariamente medios suaves. El apóstol Pablo le dice a los Romanos en su carta, en el capítulo 15 versículo 14, que “nosotros mismos estemos llenos de bondad, llenos de todo conocimiento, de tal manera que podamos amonestaros los unos a los otros.”

Un ejemplo interesante en la Biblia lo encontramos con Pablo y la iglesia en Corinto, relatado en la primera carta a los Corintios en el capítulo 5. Donde Pablo los amonestó muy fuerte por un caso de inmoralidad sexual. Pero en la segunda carta a los Corintios en el capítulo dos, les hace saber que lo hizo con tristeza y dolor esperando recibir de ellos una respuesta favorable. Esta actitud se caracteriza como bondad. Otro ejemplo del mismo Pablo, pero ahora con Pedro, otro de los apóstoles. En la carta a los Gálatas capítulo 2 versículo 11. En la iglesia de Antioquia, Pedro se apartó de los gentiles (se refiere a gente que no fuera judía, en aquel tiempo eran muy discriminados, pues solo los judíos “pertenecían al pueblo de Dios”) para no comer con ellos, porque le tenía temor a las críticas de los judíos y con esa actitud arrastró a Bernabé, por lo cual Pablo, haciendo uso de la bondad, reprendió a Pedro, sabiendo que judíos y gentiles fueron justificados por Dios y entre ambos ya no había diferencia. Estos ejemplos seguramente son muy diferentes de las definiciones que el común denominador tiene de ser bueno.

Una persona bondadosa es aquella que tiene una conciencia limpia, tiene una felicidad interior de poder ayudar a otros, es confiable no tiene dobles intenciones, su bondad se refleja en su rostro, y tiene una personalidad diferente.

La carta de Tito en el capítulo 3 da la definición perfecta de la bondad, a continuación se parafrasea. “Recuérdales que se sujeten a los gobernantes y autoridades, que obedezcan, que estén dispuestos a toda buena obra. Que a nadie difamen, que no sean pendencieros, sino amables, mostrando toda mansedumbre para con todos los hombres. Porque nosotros también éramos en otro tiempo insensatos, rebeldes, extraviados, esclavos de concupiscencias y deleites diversos, viviendo en malicia y envidia, aborrecibles, y aborreciéndonos unos a otros. Pero cuando se manifestó la bondad de Dios, y su amor para con los hombres, nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, y por la renovación en el Espíritu Santo. Palabra fiel es esta, y en estas cosas quiero que insistas con firmeza, para que los que creen en Dios procuren ocuparse en buenas obras. Estas cosas son buenas y útiles a los hombres. Pero evita las cuestiones necias, porque son vanas y sin provecho.  Al hombre que cause divisiones, después de una y otra amonestación deséchalo, sabiendo que el tal se ha pervertido, y peca y está condenado por su propio juicio. Y aprendan también los nuestros a ocuparse en buenas obras para los casos de necesidad, para que no sean sin fruto.”

Como se mencionó al principio, no hay nadie bueno, solo Dios es bueno. Pero todos debemos aprender la bondad de Dios e imitarla, esforzarnos en imitarla. Seamos personas útiles, dejemos la necedad. Seamos buenos.

¡Cambio y fuera!