domingo, 28 de agosto de 2011

Relacionándome Conmigo Mismo


Pensemos en cuál de todas nuestras relaciones es la más difícil, con quién de todos los que están a nuestro alrededor batallamos más para relacionarnos: papás, novio(a), amigos, hermanos, abuelos, compañeros de trabajo, jefe, autoridades, ¿otro?... Pero aún y si desaparecieran todas esas relaciones seguramente seguiremos estando inconformes, porque todos, sin excepción, batallamos para relacionarnos con nosotros mismos. La falta de conformidad con nosotros mismos genera que más allá de luchas contra otros, resulta que luchamos contra nosotros mismos.

En la época de la psicología moderna, el término de “autoestima” se ha vuelto cada vez más común. Hay muchas teorías al respecto, a favor y en contra, además de un constante mal uso del término. Pero para fines prácticos la “autoestima” es el concepto que cada uno tenemos de nosotros mismos, específicamente el amor propio. Conocemos los dos extremos, el concepto demasiado alto, demasiado bajo y algunos matices en el rango intermedio. Pero realmente el ser humano no logra tener un correcto amor propio. El mayor problema del hombre es un error en la definición del amor propio.

Como seres humanos desarrollamos el concepto de amor propio con base en el contexto actual. Sabemos que cada uno de nosotros ama a los demás de la manera en que aprendió a amar, en esa medida expresamos, manifestamos y vivimos el amor. De la misma manera para nosotros mismos, nos amamos como hemos visto que nuestros padres se aman a sí mismos, como la sociedad dice que debe ser el amor propio, conforme a los estándares de la época que vivimos. Pero debemos ir al principio de las cosas. El hombre no se creó a sí mismo, Dios nos creó. Por lo tanto de Él procedemos y nuestros estándares deberían ser los que Él tiene para con nosotros. La definición de amor basada en los conceptos que determina la sociedad, cualquiera que esta sea, son incorrectos, porque solo llevan al egoísmo. Es una definición basada en el “falso amor propio”, es decir, egoísmo. Cuando soy egoísta me peleo hasta conmigo mismo, ni siquiera llego a estar conforme con mi amor propio, pero busco demostrar que sí, me miento a mí mismo, y se vuelve prácticamente imposible satisfacer mis estándares. Siempre buscar mi placer, hablar de mi mismo hasta que humille a los demás, demostrar que soy el mejor y no dependo de nadie más, quejarme constantemente de lo que no tengo  con peligro de caer en la autocompasión, y siempre pensando en lo vano y pasajero. Sin embargo cuando comprendemos que somos de Dios, entonces aprendemos a generar un  amor propio correcto. Nuestro amor propio se deriva del amor que tenemos por Dios. Somos de Dios, no de nosotros mismos, así que debemos amarlo primero a Él, para así conocer cómo nos ama y amarnos de la misma manera.

La definición que Dios da sobre el amor propio la encontramos en la carta de Pablo a los Romanos, en el capítulo 12:3. Desde el inicio del capítulo Pablo está motivándonos a ofrecer nuestro cuerpo a Dios como un sacrificio, es decir, no amoldándonos al mundo actual, sino transformando nuestra mente a la mente de Dios. Y en el versículo 3 nos dice que “por la gracia que Dios nos ha dado: nadie tenga un concepto de sí más alto que el que debe tener, sino más bien piense de sí mismo con moderación, según la medida de fe que Dios le ha dado.” El concepto que tenemos de nosotros mismos parte del concepto que Dios tiene de nosotros. Tener un amor propio por encima o por debajo de lo que Dios tiene resulta “amoldarse al mundo actual”, es decir, conformarnos con lo poco que nos da la humanidad. Es interesante que al final de la recomendación se menciona que el amor propio se deriva de la fe que tengamos. En otra de sus cartas Pablo le dice a los Hebreos 11:1 que la fe es la garantía de lo que se espera, la certeza de lo que no se ve. Por la fe entendemos que el universo fue formado por la palabra de Dios, de modo que lo visible no provino de lo que se ve, sino de Dios. En la medida que desarrollamos nuestra fe en Dios, desarrollamos un correcto amor por nosotros mismos.

El profeta Jeremías en el capítulo 17:5-9 relata que Dios dice: “¡Maldito el hombre que confía en el hombre! ¡Maldito el que se apoya en su propia fuerza y aparta su corazón del Señor!. Será como una zarza en el desierto, no se dará cuenta cuando llegue el bien. Morará en la sequedad del desierto, en tierras de sal, donde nadie habita. Bendito el hombre que confía en el Señor, y pone su confianza en él. Será como árbol plantado junto al agua,  que extiende sus raíces hacia la corriente; no teme que llegue el calor, y sus hojas están siempre verdes. En época de sequía no se angustia; y nunca deja de dar fruto. Nada hay más engañoso como el corazón. No tiene remedio. ¿Quién podrá comprenderlo?”. Dios literalmente nos maldice si confiamos en el estándar del ser humano, porque sabe que poner nuestra confianza y esperanza de vida en seres tan imperfectos como nosotros, no dejará nada bueno. Al contrario nos bendecirá mucho y nos garantiza que nos irá bien si ponemos nuestra confianza en Él. Bien dice Dios a través del profeta Jeremías, que nada hay más engañoso que el corazón, es imposible entenderlo. No nos conviene que el punto de referencia sea otro ser humano, más bien pongamos de referencia a Dios; que no se fija en nuestros errores, si no en la forma en que lo amamos, con todo y errores, pero con un corazón dispuesto a aprender de Él y mejorar.

En una sociedad que motiva el amor propio demasiado elevado, Proverbios 16:5 dice que Dios aborrece a los arrogantes, una cosa es segura, no quedarán impunes. Pablo en su segunda carta a Timoteo en el capítulo 3:1-5 hace una recomendación interesante. Dice que tengamos en cuenta que en los últimos días vendrán tiempos difíciles (es decir, ahorita). La gente estará llena de egoísmo y avaricia; serán presumidos, arrogantes, blasfemos, desobedientes a sus papás, ingratos, impíos, insensibles, implacables, calumniadores, libertinos, despiadados, enemigos de todo lo bueno, traicioneros, impetuosos, vanidosos y más amigos del placer que de Dios. Aparentarán ser piadosos, pero su conducta los desmentirá. Y le dice ¡con esa gente ni te metas!. Pero, cuántas de esas características son parte de la definición de amor propio en nuestra vida, es decir, ¿cuántas de esas cosas me definen? ¿Acaso no conviene juntarse conmigo?

La clave está en no amarnos más de lo que amamos a Dios, ¡es imposible! Si me llego a amar más de lo que amo a Dios, entonces mi definición de amor propio está equivocada y chueca.  En la carta de Pablo a los Gálatas, el escritor hace una fuerte declaración al respecto, (Gálatas 1:10) “¿Qué busco con esto: ganarme la aprobación humana o la de Dios? ¿Piensan que procuro agradar a los demás? Si yo buscará agradar a otros, no sería siervo de Cristo.” La única persona en la que debemos fijar nuestra dependencia y nuestro propio amor, es Dios, ni siquiera mi pareja, “mi alma gemela”, mis papás, mis amigos.. solo Dios.

Te recomiendo que te preguntes a ti mismo, ¿qué piensa Dios de ti?.. no en el pasado, hoy qué estará pensando Dios de mí. O acaso, ¿Dios no piensa en mí? Dios sí piensa en ti y en mí. Dice el profeta Jeremías en el capítulo 29:11 que Dios sabe muy bien los planes que tiene para nosotros, planes de bienestar y no de calamidad, a fin de darnos un futuro y una esperanza. Dios pensó en nosotros antes de crear cualquier otra cosa, formó el universo para que nosotros viviéramos en él. En la primera carta de Pedro 2:9 dice que somos linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo que pertenece a Dios. (…) Ustedes antes ni siquiera tenían pueblo, pero ahora son pueblo de Dios; antes no habían recibido misericordia, pero ahora ya la han recibido. Tan pensó en nosotros que al ver que el mundo se iba a la perdición total decidió mandar a su Hijo a morir por nosotros. El profeta Jeremías también nos dice en el primer capítulo, que antes de formarnos en el vientre de nuestra madre, ya nos había elegido; antes de que naciéramos ya nos había apartado. No somos producto de la casualidad. Somos de Él, somos de Dios.
               
Yo soy de Dios y tú también, ahora definamos el amor por nosotros mismos con base en eso. Seamos agradecidos, pensemos en el amor de Dios y aprendamos a adaptarlo a nuestra vida, valoremos a los que necesitan ayuda, vivamos en orden y disciplina. Como le recomienda Pablo a los filipenses, vivamos siempre humildes. Necesitamos creerle a Dios, decidamos creer en la seguridad que Dios nos da, en su amor. Para así desarrollar la capacidad de perdonar a otros y a nosotros mismos, respetar, ser auténticos, reconocer nuestra capacidad de éxito y logro; y sobretodo medirnos con el estándar de Él y no de los millones de habitantes de este mundo igual de confundidos que nosotros.

Cambio y fuera!

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